El cuarteto escoces presenta su noveno disco de estudio en el que logran unir lo más tradicional de sus fórmulas con el ímpetu de la exploración y la evolución de su sonido.

Uno, desde la vereda del espectador, llega a preguntarse “¿con qué nos puede sorprender Mogwai ahora si ya pasaron por ese pseudo punk embriagado de hastío en su nunca muerto, Young Team; por los pantanosos paisajes del slowcore en Come On Die Young; ya coquetearon con un indie agresivo en ese increíble Hardcore Will Never Die, But You Will; y hasta nos entregaron un intento -algo mezquino, pero se agradece el esfuerzo- de electrónica en Rave Tapes?”. Entonces te sueltan en la cara un Coolverine, con video además, y lo escuchas y se lo mandas a tus amigos y dices “oye que está bueno el tema” y te alegras porque, aparte de sonar novedoso, también suena a ese Mogwai que ya conocías y que te encantaba. Entonces te das cuenta de que ahí radica la clave… ¡eso es! Sonríes porque en el fondo te das cuenta de que la banda esa que tanto te gusta puede seguir sorprendiéndote después de que parecía haberlo entregado todo.

Primero de septiembre y el cuarteto escoces lanza al mercado oficialmente su nuevo disco, Every Country’s Sun. Aunque todo el mundo ya lo había escuchado, pues se filtró un mes antes por internet, el entusiasmo de los glasgowianos -¿así se dice?- en las redes sociales no es menor: suben fotos de las tiendas en donde la bella portada de un eclipse solar resalta por sobre el sombrío mundo de las disquerías, comparten el último sencillo titulado Party In The Dark, y los fans comentan lo agradecidos de poder obtener su copia en vinilo del trabajo más reciente de su grupo favorito.

Every Country’s Sun viene a ser el noveno álbum de estudio de Mogwai y su retorno a trabajar con el productor estadounidense, Dave Fridmann, responsable también del Come On Die Young, Rock Action, y además conocido por su trabajo junto a bandas como The Flaming Lips, Tame Impala y Thursday. El disco posee once pistas y dura casi una hora (56:07 minutos para ser exactos). Fue grabado entre el 2016 y el 2017 en Nueva York y en Abbey Road.

Desde su anuncio oficial, unos meses atrás cuando lanzaron Coolverine, la divergencia entre los caminos que esta nueva entrega podría tomar fue más que marcada. Si bien el sonido del primer sencillo era alentador, cuando el segundo vio la luz redujo las expectativas que su predecesor había calado en mis esperanzas. Party In The Dark, sin ser una mala canción, sigue un camino que nadie querría ver en una banda como Mogwai. Y no es que nunca hayamos escuchado a los glasgowianos corear una canción ligera con sintetizadores, pero ¿es realmente lo que más nos gusta de ellos?

Y entonces escuchamos el disco…

Pasas Coolverine y Party In The Dark, que son justamante el primer y segundo tema del LP para recién adentrarnos en territorio virgen. Brain Sweeties, -tercer tema- parece ser más una introducción, lo que debió ser el verdadero comienzo del disco. Es también uno de los puntos fuertes de esta nueva entrega, una canción repetitiva, sí, pero en esa fórmula que sólo a Mogwai le resulta, en la que los mismos acordes se dan vuelta en una montaña rusa de decibeles y variaciones rítmicas que acompañan una melodía de sintetizadores.

Es esta fórmula la que acompañará a gran parte de las canciones de Every Country’s Sun en el que podremos unir esta faceta mogwaiana en la que los elementos de una música futurista, muy alejada de los clichés del post-rock moderno, se nutre de una voz propia que el cuarteto escocés ha sabido explotar en sus más de 20 años de carrera, algo visible en pistas tan melódicas como aka 47 o 20 Size, en las que se recuerdan elementos de su aclamado Happy Songs For Happy People y también de su refinado Mr. Beast. Por otro lado, canciones como Old Poison nos llevan de vuelta a ese Mogwai agresivo, heredero del hardcore punk que le prestó ropa a principios de su carrera, un tema que nos recuerda a los riff de Batcat y Like Herod.

Sin embargo, si hay que escoger una pista que logra representar los mejores elementos del disco, esa es la octava, titulada Don’t Believe In The Fife. Con 6:24 minutos de duración, Mogwai pone todo el empeño en probarnos que la mezcla entre sintetizadores y elementos clásicos del rock (guitarras eléctricas distorsionadas y baterías estridentes) son una poderosa mezcla cuando son bien utilizadas. Y es bien llamativo también hacer hincapié en un detalle no menor. La canción peca –para bien o para mal- de ser simplona… tanto en la fórmula tradicional de Mogwai como en el cliché antes criticado del post-rock actual. Se constituye estructuralmente de dos secciones principales unidas por un crescendo bastante predecible pero, a la vez, efectivo.

Finalmente, esto último viene a definir claramente el resultado de este álbum: efectividad. Mogwai, ya sea por los años de trayectoria o por el mero afán de no decepcionar a sus fan, –a fin de cuentas, se trata probablemente de una de las tres bandas más importantes y representativas del post-rock- logró unir la tradicionalidad de su sonido, sin caer en la conformidad, con el impetuoso avance y fervor de la exploración electrónica. Objetivo alcanzado mucho mejor que sus pares de Explosions In The Sky… sin desmerecer el intento de los texanos.

Un solcito más para el país de los mogwaianos.