The Post Rocker

Empecinados en descifrar el Rock del Futuro

Porqué Mark Kozelek tomó el relevó de Thom Yorke

Rasgueando una guitarra electroacústica, absorto involuntariamente en la retórica expresiva del desapego y el mutismo. De tinte hermético, pero lo suficientemente inteligente para resistir la objetivización del rockstar cliché, Thom Yorke navegó las turbulentas aguas de la melancolía por un buen tiempo, pero luego de tantos años ha abandonado el barco en pos de librar nuevas batallas. Hoy, muy lejos, el tímido susurro de un compositor para muchos desconocido comanda las velas de la desesperanza.

Thom Yorke fue sin lugar a dudas una voz audaz y disonante en los años del grunge, que luego de sus notables entregas, Ok Computer, Kid A, In Rainbows; logró erigirse como una indiscutible lumbrera de la música contemporánea. Hoy, a sus 48 años, el tránsito de su inquietud artística lo ha llamado a cambiar de piel y transitar hacia mares más cálidos.

En la actualidad, el oriundo de Oxfordshire crea super bandas con super músicos, se enreda discutiendo con Roger Waters sobre cómo sería mejor salvar el planeta y pese a que aún sus obras mantienen el espíritu que lo llevó a ser considerado uno de los músicos más influyentes de la música contemporánea, hoy es difícil vincular ese adolescente austero con actitud desafiante en High & Dry con su animosa versión en Ingenue o Lotus Flower. Es cierto que mucha agua ha corrido bajo el puente y en esa encomiable inquietud artística, Yorke ha explorado otras rítmicas apelando a la electrónica de forma tan efectiva que hoy esos glitches, loops, y sonidos deconstruidos por Nigel Godrich son marca registrada de sus proyectos post Ok Computer.

Thom Yorke en el video de Lotus Flower.

Lamentablemente luego de todo ese arrojo de valentía, algo de su éter se ha percudido. Los años pasan y ha llegado la hora de que nuestro querido Thom asuma su lugar como líder de opinión, porque ese adolescente que cantaba muy lúcidamente sobre miserias juveniles, tecnología, política y tragedias automovilísticas, tiene importantes cosas que decirnos, dejémoslo en claro- siempre las ha tenido, pero ahora debe asumir su condición de celebridad, porque bueno, han pasado tantos años, tantos discos, tanto arrojo y sobre todo tanto éxito, y eso, por cierto, no sólo abre puertas, también desata afluentes difíciles de contener, y un artista que se ha consagrado a través de obras discursivas está sujeto -al menos en el papel- al escrutinio ético político y moral, y eso es algo que pasa la cuenta.

Así es como la versión adolescente de Yorke no gastaría calorías en explicarle al mundo a través de un comunicado de prensa, el porqué de los países que elige para realizar sus shows. A lo más se molestaría en escribir una enigmática frase en una línea de alguna canción y resolvería el asunto adhiriendo simplemente una extraña pancarta a la serie de insondables expresiones que rodean su universo literario. Por eso no es difícil imaginar que hoy la cara visible de Radiohead y Atoms for Peace parece tener menos espacio para esas líricas enigmáticas llenas de espíritus callejeros, aliens flotando sobre el techo, transportes, carreteras y tranvías, avanzando y retrocediendo. Pareciere que la maquinaria implacable de la maduración y la realización artística, han socavado esa capacidad de percibir esa tristeza invisible que podía generar una vinculación sanguínea con el oyente. Incluso su voz, otrora determinadamente angustiada en Let down, hoy ha adquirido una serie de tics vocales que al cabo de unos compases en Default dejan la sensación de que has visto un truco que pese a que sigues sin descifrar -ya no logra sorprenderte.

No nos engañemos; el carácter único de la obra del británico es indudable y aunque sus experimentos electrónicos han logrado trascender convirtiéndose prácticamente en precursor de una nueva vertiente musical que logra empaquetar exitosamente canciones desde una serie de jams experimentales -con la inclusión de tempos, métricas intrincadas y falsetes procesados-, si volvemos a lo anterior, notamos que en esa carrera por escapar de las convenciones Yorke ha superado la introspección de aquellos viejos tiempos. Y es que aunque Daydreamer intente hacerle justicia a las odas melancólicas de la banda, lo cierto es que en A Moon Shaped Pool parece haber dejado atrás definitivamente el interés de melodizar las vicisitudes del hombre posmoderno en pos de una sonoridad más agitada, digital y a ratos forzadamente inconvencional.

Mark Kozelek

La otra vereda

Mientras todo esto se registra en las grandes ligas de la musicología internacional, en Ohio el trabajo silente de un músico laborioso se esmera en producir canciones que se desprenden de él casi como un ejercicio automático. Desapegado de cualquier pretensión, cual estela de un navío que surca el océano, Mark Kozelek el hombre tras Red House Painters y Sun Kil Moon, ha continuado sumergido en ese trance intimista, a ratos depresivo, de contemplación existencial, que ha logrado conmover a quien se da el tiempo de atender los susurros por sobre la vociferación. Su voz noble, que contrasta con su aspecto duro, su estatura espigada y una panza que crece desvergonzadamente, sigue relatando pequeñas tragedias que, pese a su narrativa individualista, trasuntan un valiente esfuerzo por visibilizar de manera figurativa la miseria colectiva. Su propia miseria en I Watched the Film The Song Remains the Same; la de su prima que muere calcinada luego que un aerosol en la basura incendiaria su casa en Carissa; la del obrero mexicano que en su condición de inmigrante ilegal es capturado por la policía debiendo abortar las obras de su hogar en Gustavo; la historia del boxeador que luego de 14 asaltos fallece, convirtiéndose en una de las peores tragedias en la historia del boxeo al desatar la posterior muerte de su madre; su contendor y la del árbitro en Duk koo kim, que dura 14 minutos en tributo a los 14 asaltos de la contienda.

Respecto a lo estrictamente musical su maduración lo ha hecho transitar sin muchos complejos desde ese «sadcore» inicial, al country, la guitarra clásica, la electrónica minimalista, y una extraña especie de post-folk eléctrico que aparece sobre todo en temas como Richard Ramirez died today of natural causes que suele tocar en vivo con músicos que itineran según la ocasión.

Pero quizás lo más remarcable es el destilado artístico de Mark Kozelek que, al contrario del front-man de Radiohead, se añejó en un cuarto oscuro, sin mucha prensa, luces, ni estrellato. Su relativo éxito con Red House Painters nunca trascendió mucho más allá de las fronteras norteamericanas, y luego de la notoriedad del preciosismo instrumental de los primeros discos de Sun Kil Moon -donde destacan por sobre todo, Moorestown, Carry me Ohio, Pancho Villa-,  su disconformidad con sus propias fórmulas lo llevaron irremediablemente a retratar una melancolía cada vez mas minimalista y figurativa y pese a que él mismo reconoció en una entrevista a Pitchfork que a su edad no puede “escribir desde la perspectiva de un chico de 25 años” porque su vida y entorno “han cambiado demasiado”, su pluma ha intensificado el retrato angustioso de la empatía por el sufrimiento ajeno, y lo hace de forma cada vez más explícita y desgarradora, evitando el melodrama retórico, exponiendo en vez de aquello, el gore de la cruda aflicción.

“Oh, Carissa cuando te vi por primera vez, eras una chiquilla preciosa, luego tenías 15 años y corrías como una loca, ya estabas embarazada. Recuerdo haberme preguntado si habría una luz al final de tu túnel, pero me fui de Ohio poco después, y me olvidé de ti por completo. Supongo que estarías allí hace unos  cuantos añosen un funeral de la familia, pero eras una de tantos parientes, que no supe identificarteAyer por la mañana al despertar, tenía muchísimas llamadas en el móvil con prefijo 330Llamé a mi madre devolviéndole una de sus llamadas. Estaba llorando y me preguntó si había hablado con mi padreCarissa había muerto abrasada por el fuego, ayer por la nocheen un extraño accidenteen su patio, en Brewster. Su hija llegó a casa de una fiesta y se la encontró de la misma manera que a mi tío, que también era su abuelo. Un aerosol pudo explotar en la basuramaldita sea, ¿Cuales eran las probabilidades? Ella tan sólo se estaba preparando para ir a su turno de noche en Wadsworth. Pero se consumió así, sin más entre las llamas. Sin duda, tenía que haber algo que mereciera la pena en su vida. Todo el mundo está en duelo, haciendo su reconstrucción de los hechos, y tomado drogas, y yo estoy volando hacia allí, porque mañana tengo un montón de abrazos que dar y recibir, y porque tengo unas cuantas preguntas a las que me gustaría dar respuesta. Seguramente nunca las obtenga, pero Carissa, tengo que saber cómo sucedió. Carissa tenía 35 años. Y no puede ser que criando a dos hijos, un día saque la basura, y muera. Ella era mi segunda prima. No la conocía demasiado bien, pero eso no significa que por justicia poética no deba darle sentido a todo esto, y encontrar un significado más profundo a esta tragedia sin sentido”.

¿Podríamos imaginar que el texto citado corresponde a la letra de una canción?

Kozelek por cierto, no es capaz de llenar estadios. Su retórica, evidentemente más simplista, es menos aventurera en términos estéticos y quizás por ello no ha visto la necesidad de desafiar las barreras de las posibilidades musicales. En contraposición, ha persistido depurando su música dentro de cierto convencionalismo, incursionando por ejemplo en el fingerpicking, técnica que adquirió luego de su significativo paso por Barcelona -lo que ha trasuntado en que desde Admiral Fell Promises 2010, mucha de su obra sea más acústica que eléctrica. Actualmente, a sus 50 años, su tránsito existencial ha profundizado su carácter prolífico. Sus colaboraciones con Jimmy Lavalle (The Album Leaf) y sus apariciones junto al guitarrista y mentor de Sonic Youth, Thurston Moore, en presentaciones en vivo, hablan también de una visibilidad y reconocimiento, que, dado su propio mutismo, le fue esquivo en épocas anteriores.

Mark Kozelek acompañado de Thurston Moore

Y es que no muchos músicos podrían jactarse de realizar, casi por jugar, reversiones de discos enteros de otras bandas y convertirlas en algo completamente auténtico, como lo que sucede con Tini Cities un disco que reversiona a su particular manera Tini Cities Made of Ashes de Modest Mouse y que anecdóticamente repite su setlist y líricas de punta a cabo, con resultados extraordinarios. Escuchar las versiones originales de Trucker atlas, o Four fingered fisherman y luego repasar las versiones que ideó Kozelek a partir de esos patrones es una experiencia difícil de describir.

Se que el título del artículo puede invitar a una odiosa comparación entre ambos artistas. Y claro, sabemos que ninguno es mejor que el otro, que en lo estricto no son siquiera comparables, pero en el tránsito de sus historias personales ambos juegan un rol, y en ese sentido, el Kozelek de la actualidad, exento del pesado viacrucis del super-estrellato de Thom Yorke, está mucho más abierto a tomar el relevo, y asumir esa no menos pesada carga del compositor absorto estoicamente en su tarea laboriosa de conmovernos, y quiero ser enfático, seguiré aplaudiendo la valentía del británico, pero hoy es Kozelek, convertido en un obrero de la melancolía colectiva, el elegido para escribir con un aguado tintero la íntima simbología de la desazón, esa desazón que a muchos nos identifica visceralmente.

Enlaces:

www.sunkilmoon.com
www.markkozelek.com
www.caldoverderecords.com

* Este artículo esta dedicado a mi amigo Juan Pablo Farías.

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  1. jotapez

    Muchas gracias por compartir la experiencia de escucha de mark que para algunos resulta tan sublime, en cualquiera de sus formas tan distintas.

  2. C. Benavente

    En Mark yo veo visceralidad y honestidad brutales en la lírica, pero poca sustancia en lo netamente musical, creo que esa despreocupación es lo que nunca me ha llamado tanto la atención de el, es más poeta que músico.

  3. Jorge

    Se agradece el afán literario de la elaboración del artículo, pero recuerda que la puntuación y la redacción tiene que estar a la altura de la sofisticación léxica.

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