Icor presenta su disco debut homónimo, producido por Gabriel Carvajal (tortuganónima), en el que se explora la soledad y la melancolía de lo fugaz de lo humano frente a lo eterno de lo natural, en un disco que logra rescatar sonidos propios del post-metal y del ambient.

“La noche oscura del alma” es un concepto acuñado por San Juan de la Cruz, místico y poeta católico, el cual hace referencia a una fase dentro del viaje espiritual personal, una etapa particularmente solitaria y desolada, donde reflexionamos a causa de un colapso de nuestras creencias, del significado que le hemos dado a nuestras acciones y a nuestra vida. Al perder el sentido, el hombre se enfrenta a lo eterno y no puede hacerlo de otra forma más que con melancolía. Icor, el álbum y la banda, conformado por Simón Crespo y Rodrigo Umaña, abordan entonces esta relación entre lo humano y lo divino, entre lo efímero y lo imperecedero, usando diversos elementos del post-rock más pesado y el ambient para lograrlo.

Desde el inicio nos encontramos con un recurso que volverá una y otra vez durante el disco: el aire, el elemento que conecta a todos los otros y nos levanta hasta la bóveda celeste. Muy en la línea de Daturah, el disco inicia con tonos sombríos, brumosos, con drones sutiles pavimentando, de alguna manera, la entrada a esta experiencia meditativa. La tónica se mantiene a lo largo del disco: presencia, muchas veces solitaria, de guitarras afiladas y cavernosas, que se abren y cierran como flores, no hacen más que reforzar el carácter introspectivo del disco. Aquí es cuando Thanatos, pese a su nombre, nos entrega algo de esperanza. Iniciamos nuestro camino solitarios, diversas ideas divagan en la guitarra mientras el resto de los instrumentos intentan converger y tomar una dirección común, integrándose la percusión tardíamente, que la dota de un carácter más post-metal, muy en la línea de If These Trees Could Talk, y la que ciertamente logra sostener lo que está sucediendo mientras las guitarras exploran a través del trémolo sonoridades un tanto melancólicas.

Ethos se presenta y presenta varios recursos innovadores, uno de ellos, el incluir un ritmo más bien circense que se ve enfatizado por la melodía y la vibra que da el tema en general. Ethos representa lo más platónico del disco, y Simón logra recrear paisajes olímpicos, serenos y dotados de cierta magnificencia. No teme sacrificar musicalidad si su objetivo es hacernos entrar en las esferas celestes, pues Icor viene a facilitar este paso entre lo humano y lo divino y sabe que el silencio es su mejor aliado, y Ethos parece un fiel representante del concepto que Icor trabaja. Nómada, más agresiva, comienza a expandirse progresivamente sin la pomposidad y majestuosidad del post rock que utiliza un crescendo más acompasado para construir un clímax. No, aquí tenemos algo más visceral, más impulsivo, acometiendo con todo el arsenal del que se ha valido Icor hasta reventar y dar paso, nuevamente, a la parte más calma, esta vez menos melancólica y más pacífica. Parece, además, estructurada como un palíndromo, lo que la convierte en un tema simple, pero interesante, con muchas ideas sucediendo una y otra vez.

Las guitarras constantemente flotan con un carácter solemne, eclesiástico, como explorando cavernas y dependiendo fuertemente del uso de trémolo. La languidez de Selene, acentuada por una percusión tardo y guitarras que se suben y bajan como la marea, aquí adquiere prontamente un tono más apocalíptico, más doomgaze si se quiere, estallando en una especie de descenso a los infiernos tratando de escapar de la destrucción inminente, mirando ocasionalmente hacia atrás. El final se sucede como algo más bien abrasivo. Ahora el viento parece de cenizas. Y si Selene representa el motivo apocalíptico del disco, Moira representa el día después: la destrucción ha sido recién consumada. Lo que conocemos ha sido azotado por la ruina, recreado usando sonidos y recursos de GY!BE: acordes serenos, pero fríos y opresivos y sonidos devastadores, da lugar a una atmósfera cruda, algo primitiva inclusive. Muy sutilmente, casi con miedo, nos transferimos a un plano más interno, más personal: un piano, desterrado y como enclaustrado, cuya tristeza parece sacado del “ThePrimitive World” de Nadja y Vampilia, nos muestra la faceta más neoclásica y emocional de Icor. Moira tiene hasta una ingenuidad media neofolk antes de transitar hacia un ambiente un poco más frenético, cadencias más veloces, y en un sutil crescendo para volver a caer en un ritmo más doomgaze y finalizar de la forma más solemne posible.

La virtud de Icor reside en la construcción de estos paisajes y en la forma en que se suceden con gracia y gentileza, nada es forzado, todo fluye como el concepto que representa, la sangre de los dioses, y aunque el sonido no es sumamente innovador, la cohesión del disco es algo a destacar. La ejecución del disco y la emotividad del mensaje están realizadas de forma impecable, y es posible que, si siga la misma línea compositiva, pronto tendremos a Icor como referencia obligada en las grandes ligas del post-rock chileno, junto a La Ciencia Simple y tortuganónima, con quienes ya ha compartido escenario.