El segundo álbum del conjunto santiaguino es una propuesta cargada de existencialismo, melancolía y aflicción. Una colección de imágenes que explora los matices más oscuros del género sin perder la esencia de su sonido.

Sheol es un término bíblico que refiere a una tierra de sombras habitada por las almas olvidadas que se encontraban flotando antes de la llegada de Cristo, es como una gran sala de espera sin personal de recepción. Así se llama el nuevo disco de Howenh, que tras tres años desde su disco debut Kren, ha liberado su segundo material de estudio, y en The Post Rocker no podíamos perdernos la oportunidad de revisarlo.

Pero antes de entrar en materia quizás deberíamos advertir, Howenh es una de esas bandas difíciles de clasificar, demasiado etéreos para ser instrumentales, demasiado ambientales para el post-rock de crescendos y explosiones, demasiado armoniosos para ser etiquetados como una banda de “noise”. Su sonido va por una sonoridad etérea, que se mantiene en un vaivén de estilos que pasan desde el dark wave, el doom y el post-rock.

Si en su debut Howen evocaba una vibración pastosa que por momentos se sacudía para liberar cuidados arreglos melódicos como en Ibis, Heliotropo o Nemea, en esta oportunidad han virado el timón, Sheol es menos condescendiente que Kren y está cargado de texturas abstractas que evocan paisajes distópicos, y pese a que esta entrega contiene una energía mucho más insondable y es definitivamente una propuesta con menos ánimos melódicos, Sheol logra una mayor variedad evocativa que Kren, desde el caos de Bhava pasando por la melancolía de Lux hasta la contemplación de Helianthus, o la aflicción de Golgotha, cada canción de Sheol pareciera una estación abandonada, cargada de sintonías pesadas que se liberan como un acto simbólico, como lanzar cenizas al mar.

Cuando nos contactamos con la banda, mencionaron: “… Sheol es un doloroso tránsito personal para muchos de nosotros, un tránsito que tiene un final contemplativo, no necesariamente esperanzador”. Y parece quedar claro: el disco comenzó a forjarse a comienzos del 2018, luego de que la banda decidiera dejar de presentarse en vivo a finales del 2017, semanas antes de que fueran seleccionados por el festival En Orbita como parte de su book de bandas destacadas para entrevistarse con los productores internacionales que convidaba el evento.

De ahí vinieron los quiebres sentimentales, los estudios, las reinvenciones, los deberes familiares y los apuros económicos, una amalgama de situaciones que impidieron que la banda mantuviera una agenda sostenida, pero como una fuerza instintiva la música se coló entre los recovecos. Iván Aguayo, motor creativo de la banda, comenzó a delinear las nuevas maquetas del disco, como un mero ejercicio terapéutico.

En julio la banda liberaría Golgotha Tapes como un primer adelanto de lo que sería su nuevo material, con una pequeño guiño a lo que se vendría, una oda maldita a la redención a través del sufrimiento, a un mes de aquello se sumaría Navajo Tapes que luego se renombraría como Bosque Redondo, una canción que alude de una manera críptica a los indios Navajos y su trasfondo histórico y que esconde un final que funciona como una especie de track oculto que la banda titula como Back to Ghriev.

En septiembre la banda ya contaba con una batería de composiciones, seleccionarían las que cerraban mejor con el concepto que tenían en mente. Sheol, esa palabra hebrea que alude al limbo y el caos les parecía una buena idea.

El 5 de noviembre la banda liberaría oficialmente su segundo disco, con una batería de siete canciones y con una duración total de 68 minutos. Más allá de los datos, -y disculpando los clichés-, el final de un proceso de resiliencia frente a la adversidad. 

Actualmente Howenh trabaja en una versión física de Kren, y planea liberar el material restante de Sheol durante el primer semestre del 2019.


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