El conjunto británico publicó su noveno LP el pasado viernes

Tres años debimos esperar para que God Is An Astronaut pudiera satisfacer las ansiedades de sus fans que quedaron con gusto a poco con Helios/Erebus, su disco anterior.

Y es que el trío irlandés liderado por Torsten Kinsella volvió para quedarse con Epitaph, su nueva luminaria, en donde reinan la melancolía y las densas atmósferas. A lo largo de sus siete pistas, GIAA logra mantenerte atrapado en esas eternas nubes de reverb y delay. Se trata, en realidad, de un noveno álbum que. aunque no deja rastro de una obra memorable, logra cumplir con el cometido de mantener esa sonoridad tan característica de los europeos.

Aunque algunos firmemente defienden las hermosas ambientaciones y a veces desesperantes vueltas del post-rock, no es fácil dejar una huella musical. No existe progreso notorio entre discos, pero si un distanciamiento del post-rock catártico que los caracteriza.

El album comienza con el sólido Epitaph, la pieza que sirvió de sencillo y primera degustación del disco; con baterías programadas y sonido relativamente limpio, Epitaph se desmarca de los crescendos al estilo de Explosions In The Sky y se acerca a cambios de dinámica predecibles e incluso aburridos en ciertos momentos. Pero no se preocupen, no todos los elementos que tanto buscamos en el post-rock han desaparecido. Las emociones corren por las venas saltando desde drones incesantes a progresiones doom.

Hacia el final de Mortal Coil, la segunda y quizás mejor pieza del álbum, GIAA orgullosamente apela a aspectos góticos, platillos saturados y teclados matemáticos. Los siguientes temas, Winter Dusk/Awakening y Seance Room parecen cortar la inercia tan exquisita creada por las primeras canciones.

Cuando llegamos al segundo single, Komorebi, el paisaje mejora, pero no lo suficiente para sentirse en sinergia con el resto. Para un género donde la cohesión emocional es importante, GIAA paulatinamente va marcando el paso, con intentos dóciles de crear un hilo conductor entre cada canción. El objetivo del noveno disco de los irlandeses no es claro, pero apela al fanático que no se busca algo distinto, ni que lo espera.

Aunque pueda ser que las expectativas hayan jugado en contra a los irlandeses, Epitaph no logra el resultado envolvente de su obra magna, All is violent, All is bright. Se trata más bien de un disco “correcto”, pero lejos de ser trascendental.

*Créditos de la reseña para Felipe Everett