El compositor predilecto de Nolan desde The Dark Knight vuelve al ataque con una banda sonora aguda y shockeante. Desde el silencio hasta lo estruendoso, la obra confirma una vez más la huella de uno de los músicos más prolíficos de nuestra época.

El piloto calcula la cantidad de combustible de su spitfire, probablemente un último arresto lo deje sin reserva. Un metrónomo de reloj implacable comienza su tic-tac al mismo tiempo que un nuevo caza de la Luftwaffe supera la nubosidad para amagar el rescate de los 400 mil soldados atrapados en la playa de Dunkerque. Imperceptiblemente durante toda la escena resuena un sólo nombre: Hans Zimmer.

Es que el ya consagrado compositor de bandas sonoras, que debutara hace 35 años con Moonlighting (Jerzy Skolimowski), es el responsable del soundtrack del último film de Christopher Nolan: Dunkerque. Es la primera vez que la sociedad Nolan & Zimmer enfrentaba un proyecto de carácter bélico. La dupla había trabajado anteriormente en Inception (2010), e Interestellar (2014), legandonos notables bandas sonoras que con el paso del tiempo han cobrado valor por sí mismas y han puesto a Hans Zimmer en la lupa de los críticos, apuntado que su vinculación con Nolan le ha permitido empujar las barreras de las convenciones sonoras aplicadas a la filmografía de acción.

El resultado es una mezcla de texturas y tensión que no deja a nadie indiferente: Dunkerque es un obra deliciosamente ansiosa, lejos de la desgarradora emotividad de Interestellar, la irreflexión de la urgencia del acabose temporal -si no una marca registrada de Nolan a estas alturas- se transmite a través de loops disonantes que van contextualizando un relato con escasos momentos para el respiro, y es que ese tic-tac constante paulatinamente se va traduciendo en un bombeo aflictivo que abre paso a un luminoso portal mortuorio: la batalla por la supervivencia, la carrera contra el tiempo implacable, la necia negación de la derrota inevitable.

Solo bastan veinte segundos para que un reloj marque el compás de un tenso zumbido ambiental en The Mole cuarenta segundos más para que la ambientación comience tímidamente a aglutinarse lo suficiente como para esbozar, cual cúmulo de esporas, una tenue melodía que, nuevamente, al cabo de dos minutos y medio, es abortada por el caos de un terrorífico in crescendo que explota para dar paso nuevamente a la urgencia y la angustia.

Si por pasajes el crudo órgano que rondaba el soundtrack de Interestellar podría rozar sutilmente la órbita de los mejores pasajes de Vangelis, en Impulse, Zimmer parece estar decidido a tributar la obra del polaco Krzysztof Penderecki, en Treno a las Víctimas de Hiroshima, una caótica obra de cuerdas disonantes que se encuentran y desencuentran para contextualizar un espiritual homenaje a los caídos en aquel tristemente célebre pandemonium.

Finalmente, en Supermarine, el conflicto bélico es retratado a través del pasaje más rítmico de la obra, acá el otrora compositor de 12 años de Esclavitud se sumerge en la programación de beats para crear un compás de 7/8 que golpea con fuerza para enfatizar el clímax belicista del film, una cítrica pieza que tensiona al espectador sin espacio para la épica- y es que por más que el espectador desee un himno a la bravura, cual Rick Hunter’s Theme de Ulpio Minucci, donde Tom Hardy convierte su Spitfire en un VF-1 desplegándose robóticamente y abatiendo sagazmente a los Junkers alemanes que huyen totalmente atemorizados. Nada de eso sucede. En esta ocasión la única salida es el huir o morir, -aunque si quieren imaginar una versión alternativa les sugiero que pongan Battle Stations, mientras ven este enlace en mute-. Sin embargo, en Dunkerque lo concreto es que ser capaces de resistir es lo único al alcance dentro de todo el arresto de esfuerzos de sus personajes y la ambientación sonora ha sabido transmitir aquello de forma impecable.

Por ello es preciso mencionar que Zimmer una vez más ha logrado, dadas las circunstancias y considerando el contexto del film, un trabajo notable: incrusta certeramente la angustia de la guerra en la psiquis del espectador, una angustia que sólo arrecia cuando se cierra el telón, se apagan las luces y comienza ese reflexivo éxodo de la sala de cine.

Sobre la película no podemos decir mucho -tampoco es que nos competa. Quizás sería prudente advertir que la mercadotecnia hollywoodense ha invertido en incrementar el hype más de la cuenta. Por eso, cuidado: Dunkerque es más un experimento cinematográfico que un film que pueda registrarse en los anales de la historia de las películas belicistas. Está lejos de una Apocalipsis ahora, de una Rescatando al Soldado Ryan, o incluso de una reciente pero no menos apreciable Hasta el último hombre. Dicho esto, si usted aprecia las buenas bandas sonoras, y sobre todo el ingenio creativo de Hans Zimmer, Dunkerque es un buen espectáculo (sonoro).